El tren arranco perezosamente apenas un traqueteo, abajo en el hangar mi padre visiblemente conmovido no despide con su mano. No alcanzo a comprender a que tanto drama si en poco tiempo el se juntara en España con nosotros. Había llorado y estaba desde hacia varios días mas afectuoso que de costumbre.
Todo había ocurrido muy deprisa, en cuestión de pocas semanas todo había cambiado.
Un tal Franco había muerto.
Yo no sabia quien era ni por que el hecho de que el muriera era un motivo para cambiarnos de país.
Nos volvíamos a España ese lugar remoto que habíamos visitado hacia dos veranos por primera vez.
Regresábamos y para ni no había nada de regreso en este hecho. Yo había nacido y vivido en Alemania.
Cuando me comunicaron la noticia pense en Berta, una niña preciosa con la que había compartido juegos en mis vacaciones en España. Pense en Berta y España me pareció una buena idea.
Mientras el tren abandonaba definitivamente la estación yo pensaba en esa niña.
No pensaba en la que había sido mi casa, ni en mis amigos del barrio ni de la escuela, ni siquiera en Andreas con quien había hecho un pacto que nos convertía en hermanos de sangre.
Solo algunos días antes había recorrido el camino de la Escuela a casa y de pronto me di cuenta que nunca mas volvería recorrer aquel camino. Quise guardar en la memoria todo lo que pudiera.
Miraba los edificios fijándome en cada detalle, los autobuses los arboles del parque que tenia que atravesar al salir de la escuela.
Recuerdo perfectamente aun hoy una esquina de la fachada de la Escuela recuerdo las cornisas las enormes ventanas terminadas en arco, el ladrillo rojo y el tejado negro.
El enorme portón por donde solo entraban los profesores en sus coches. Y en la otra acera el antiguo cementerio convertido en parque, aquel árbol tan inclinado que resultaba sencillo subirse hasta la copa.
Los enormes castaños los muros de ladrillo.
Pero en ese momento en el tren solo pensaba en Berta, en el calor de España, en las calles sin asfaltar mucho mas divertidas para los juegos que el asfalto bien organizado alemán. También pensaba en las pipas manjar que no había conocido hasta que pase aquel verano en Orense esa pequeña provincia Gallega de la que hablaban mis padres.
En mis manos tenia un libro, mi amigo Andreas me lo había regalado para el Viaje “Los últimos días del capitán Scott”. Ciertamente no era un libro muy alegre pero tal vez si fue acertado por que leyéndolo en aquel viaje fui muriendo poco a poco al igual que la compañía del capitán Scott. Fui muriendo ha todo lo que hasta ese momento había sido.
Tardamos tres días en llegar a nuestro destino, me resulta extraño que recuerde tan poco de aquel viaje. Solo recuerdo el libro que termine durante el viaje, también recuerdo que al llegar a la frontera de España cambiamos de tren, el de España se parecía a los de las películas del Oeste.
Una noche vimos que había ratones corriendo por el suelo. También descubrimos que en el portamaletas viajaba un polizón. Por lo demás el viaje debió de ser una combinación de peleas con mis hermanos, dormir, leer y pensar en Berta.
El que entonces era pareja de mi Abuela, Luis se llamaba, vino a recogernos a la estación. Luis se me aparecía como una especia de Bort Lancaster en decadencia por el alcohol y las mujeres. Parecía salido de alguna antigua película en Blanco y Negro sus colores eran grises como el mundo del que venia. Seguramente era mucho mas Joven que mi abuela a la que sin embargo. En el momento de escribir esto precedió 20 en abandonar este mundo.
Debió ser de Madrugada cuando llegamos a la casa de la Madre de mi padre. De nuevo ese olor del portal mezcla de entre dulce y rancio, como a galleta mojada y a la vez veneno para ratas.
Los típicos “ haaayyyyyy” de mi abuela mezcla de alegría y de llanto. Pero no el de las lágrimas de alegría sino más bien como si la alegría efectivamente le produjera dolor.
Semejantes expresiones emotivas a mí como poco me parecían extrañas y me hacían dudar bastante de la cordura de mi abuela que por lo demás no me desagradaba. En cuanto a su salud mental tendría ocasión de comprobar en el tiempo que no andaba yo muy desatinado.
Teniendo yo todavía 11 años ya era tan alto como ella. Pues ella era realmente diminuta. Tenía los ojos pequeños y azules al igual que mi hermano y el pelo teñido de rubio. Y una vitalidad desbordante a pesar de que la disimulaba con constantes quejas acerca de su salud y continuos pronósticos de muerte cercana.
Que 26 años después seguían sin cumplirse.
La idea de la España del Sol ya me había dado cuenta de que en Galicia solo funciona en verano. Aquella primera noche las sabanas parecían casi mojadas por la humead y la cama estaba fría. En Alemania la casa siempre estaba caliente.
Supongo que dormimos hasta el mediodía, momento en que comenzaría realmente nuestra vida nueva.
Al despertarnos mi abuela nos esperaba con un tazón de colocao lleno de galletas (era la versión gallega de los cereales) Tras desayunar quise salir al balcón de inmediato a mirar si estaba Berta.
Salí y el callejón de los juegos estaba totalmente vacio además de lleno de barro. En frente y encima de una pequeña colina pasaba una carretera que vadeaba el muro del cuartel general del Ejército en Orense un poco mas allá se divisaban los muros del cementerio. Había estado una vez en el por que a mi padre le pareció importante que fuésemos a ver la tumba de su abuela. Que para mi era coma cualquiera de las múltiples tumbas de aquel cementerio.
El siempre fue un poco teatral con la cosa familiar, supongo que por el hecho de que él nunca tuvo realmente familia. Creció entre tíos abuelos y familiares sin que nadie nuca realmente se hiciera cargo de el.
Como tantos días de invierno en Orense el cielo estaba gris y el ambiente húmedo como una continua premonición de lluvia que se cumplía no pocas veces.
Pero Berta no estaba a la vista había ido a la escuela como era normal en esas fechas.
Espera al mediodía y cuando empecé escuchar mas voces de niños supuse que la escuela terminaba y volví a salir al balcón si me asomaba mucho incluso podía ver la entrada a su vivienda que daba directamente al callejón.
Aquel día estuve pendiente y hasta ya bien entrada la tarda ella no apareció. Llego finalmente con su cartera y con el uniforme de la escuela de monjas a la que asistía. Cuando estaba a menos de diez metros del Balcón la llame.
Espera que ella se alegrara tanto como yo de verme y que quisiera quedare en la calle en ese mismo momento.
Pero ella solo respondió a mi saludo con un escueto Hola, como si no hubiera estado 2 años sin verme como si yo fuera el lechero a que todos los días saluda por cortesía.
A pesar de esto reuní valor y la pregunte si no saldría a la calle ella dijo simplemente que no y entro en su casa con la mas cruel de las indiferencias.
¿Como era posible que ella no comprendiera que yo me había cambiado de país por ella?
¿Como podía ser que ella no compartiera la emoción del reencuentro?
Durante varias semanas nos seguimos encontrando a veces, a mi siempre me saltaba algo en el pecho y una sensación de vacío en el estomago.
Ella siempre saludo del modo más cortes sin la más mínima muestra de cualquier tipo de emoción. Yo no lo era antipático ni simpático sino que en realidad en su mundo ni siquiera existía.
Y ahora ¿Qué hacía yo en este país?
martes, agosto 26, 2008
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